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martes, 23 de marzo de 2021

El éxito del fracaso

Cómo una historia dura y real fue el puntapié de una gran carrera musical.


Quizás esta sea una historia cliché más, como las que vimos repetidamente en las novelas de Thalía con distintas amalgamas, esas que edulcoran la vida y que arranca de la fórmula burguesa "iniciar en situación -10 y terminar con finales felices". Pero es bueno reconocer que allá afuera, o en nuestras familias o amigos, y también en sonidos que escuchamos en el shuffle del reproductor, aparecen estas historias que apañen al fracaso con un toque de suerte (comprobado: no pasa siempre).


Todo mal para un tal Brandon Flowers que una noche, sin poder dormir porque percibía que algo no estaba del todo bien con su novia, se fue a un bar. Allí estaba ella. Con otro. Todo bien para lo que vendría años más tarde.


Brandon y su amigo Dave Keuning eran jóvenes aún cuando en 2001 salió el disco “Is this it?” de The Strokes. Los adolescentes soñaban con ser músicos y algunas cositas tenían entre cuadernos y riffs improvisados. El recientemente comprado disco de The Strokes sonaba realmente bien en ese auto y eso los desmotivó al punto de descartar (casi) todo el repertorio que venían construyendo. “Casi” porque quedó una canción tan real como las sensaciones que allí Brandon depositaba, con imágenes que él mismo creaba y relataba, que no hacían más que mantener una herida abierta. 

Mr Brightside

Celos, negación y revivir la historia para superarla. Esos tres condimentos tiene aquella letra creada para la melodía que Keuning conservaba y que pintaba a Flowers como un completo hombre positivo pero también un negador. Mr Brightside, del disco “Hot Fuss” de 2004, era la canción inspirada en un fracaso amoroso.


“La letra es sobre una antigua novia mía. Todas las emociones en la canción son reales. Cuando escribía la letra, mis heridas estaban demasiado frescas. Yo soy Mr Brightside. Pero creo que esa es la razón por lo que la canción ha persistido, porque es real. La gente percibe esas cosas. Se refleja muy bien en la producción, que grabamos en un par de horas, pero suena como tiene que sonar”, relató el cantante en una entrevista a Q Magazine.


Ese primer corte sería la canción que más tiempo permanecería en los charts británicos: 253 semanas. (Dato al margen: más nacidos y criados en Las Vegas no se consiguen, pero en un principio gran parte del público creía que eran ingleses). Fueron 35 semanas consecutivas, lo que también resulta un número, con una canción que sigue siendo protagonista en los recitales, y que el tipo tiene que seguir cantando y reviviendo aquel mal trago que, por qué no decirlo, les abriría las puertas al estrellato.


En tiempos en que es difícil estar en modo Mr. Brightside, historias como estas dejan abiertas las puertas para creer que allá adelante la cosa estará mejor.

Con toda esta data ya podés escuchar la canción, ilustrarla con el clip, que seguramente encontrarás parecido a la película Moulin Rouge. Otro dato al margen: el actor que hace del otro en cuestión es Eric Roberts, hermano de la actriz Julia, del mismo apellido, claro.

 

Post-credits scene

No es la primera vez que The Killers hacen un hilo narrativo formado por varias canciones (en otro momento te voy a contar sobre la historia de un asesinato conformado por tres canciones. No por nada se llaman así), pero que pasen tantos años entre una y la otra llama la atención. Más cuando la historia detrás fue tan real y le significó tanto a su autor.


Uff, ¿por dónde empezar? Vamos con el dato duro y de ahí abrimos juego al análisis. En 2012 lanzaron su cuarto disco, “Battle Born”, que incluía el tema Miss Atomic Bomb, que continúa, años después, la historia de Mr. Brightside. En la letra y en el clip (nuevamente con actuación del hermano de Julia Roberts) se sigue la trama. Brandon ya es un hombre mayor y recibe una carta (o al menos eso cree) y se imagina cómo pudo haber sido continuar la historia de amor con quien aquella vez lo había engañado. Ella es Miss Atomic Bomb: tan brillante y seductora pero con peligro de estallar y que se disperse todo el daño que antes le había hecho.


Clip de Mr Brightside de The Killers 
recreación del clip de Mr Brightside en Miss Atomic Bomb
El clip recrea de forma animada escenas de Mr Brightside.


Otros condimentos de la canción incluyen los testeos nucleares en los años 50. Tras La carrera espacial y la ciencia al servicio del descubrimiento de lugares desconocidos y el desarrollo de nuevas armas, llevaron a actividades como la elección de la “Miss Atomic Bomb”, (mal llamado) certamen de belleza que coronó a Lee A. Merlin en 1951.

Miss Atomic Bomb (2012), con muchas huellas de aquel muchacho positivo (Mr brigtside, 2004)

Ahora podés prestar atención a las dos canciones con la información que acabás de leer. 


La verdadera Miss Atomic Bomb: Lee A. Merlin


sábado, 9 de mayo de 2020

Ni flores ni días robados



“Hace unos días me robé una planta porque me hacía acordar a la abuela. Era una de bolitas que ella tenía en la entrada de su casa”.

Este mensaje le mandé a mi madre a principios de julio de 2019 y estaba acompañado por unas fotos de la planta replantada en una maseta mía en mi cocina. Creo que le había contado que me habían dado ganas de escribir sobre la planta, o al menos la conexión que tenía conmigo y algunos recuerdos compartidos de la familia. Un poco quizás para justificar el hurto, calculo.

No lo terminé haciendo. Quizás porque uno está muy metido en la rutina. En lo que aprendimos a hacer para subsistir, lo que nos da recompensa tangible a corto plazo. Cosas que se hacen automáticamente, casi sin pensar, y que cubren esos espacios que olvidamos llenar con lo distinto, lo simbólico.

Y la planta se fue marchitando, perdiendo fuerza y color. Las bolitas ya no estaban y me creía un tonto por no coincidir más lo que podía ser mi escritura con su máximo esplendor.

Ahora no recuerdo bien qué hubiese escrito en ese momento. Aún así, siendo los primeros meses de 2020, yo seguía regándola. Casi como de costumbre. Finalmente el 26 de abril levanté la mirada y encontré las primeras bolitas y flores, y sus hojas más fuertes y de un verde que te dice que más viva no puede estar. El arrepentimiento por no aprovechar aquella época podía solucionarse de una manera. Esta es la manera.

La casa de mi abuela estaba repleta de plantas. De algunas me acuerdo, quizás porque eran mi principal víctima y la de mi espada de He-Man. Había calas, aloe vera, rudas que te deschababan cuando habías estado castigando a las plantas y aparecías por la puerta, además de otras tantas de diversas formas  y colores que no podría identificar. Entre ellas había una que sobresalía por la forma de sus extremidades, con bolitas de colores. No es sorpresa a esta altura de la historia que me detenga en ellas.

Acompañaban el camino hacia el parque, y me era muy difícil no explotar sus bolitas como chasquidos. La mayoría estaba en masetas sobre una mesa que nunca usamos de mesa, aunque había algunas debajo de la caída del rocío del porch. Cerca de unos sillones que nunca usamos de sillones –o al menos desde que tengo memoria-. Pienso en las veces que la vi de reojo sin la importancia que hoy le doy.

Abajo del departamento donde vivo en Buenos Aires, a apenas unos metros de la entrada, hay un árbol que estaba rodeado de esta planta. Cada vez que pasaba, dependiendo de la época del año, más fuerte era el recuerdo de las travesuras y las tardes en lo de mis abuelos, entre héroes y enemigos imaginarios, y plantas reales.

Hasta que un día -no sé qué habrá pasado por mi cabeza distinto al resto de los días- decidí sacar de raíz una de esas plantas, que a diferencia de otras tenía una motivación de puta madre (me agarraré de Fontanarrosa para dar a entender que no hay mejor forma de decir algo que diciéndolo de la manera en que debe decirse). El fin no podría ser malo, así que no sentí culpa. Un pibe de provincia que siempre vivió rodeado de plantas, árboles y verde, se detenía en unos pocos metros de pasto y barro de la cuadra para cometer un ilícito –asumiendo que quizás en algún código contravencional diga que esto no se puede hacer–.

Crecida la planta, y luego su declive, las preguntas eran: “¿por qué no escribí esa conexión en ese momento?”, “¿tuve que esperar a que se marchitara para darme cuenta que me estaba aportando un valor que no supe ver del todo?”, “¿tuvo que morir para darme cuenta lo que significaba?”. Hasta podría creer que la planta no hace más que proyectar sobre personas y que hasta es una excusa para referirme a mi abuela. Podría arrancar escribiendo y seguir por hojas, pero ahora amerita otras conexiones.

Yo tuve una planta de chico y con el tiempo aprendí a verla distinto. Es como cuando te dicen que al Principito lo tenés que leer en distintas etapas de la vida pero que todos sabemos que esto pasa con cualquier texto. 

Esta semana floreció y, sabiendo qué es lo que le depara, con los fuertes colores de sus frutos y su posible declive, la evidencia no hace más que empujarme a aprovecharla mientras sus primeras flores aparecen. Aprovechar esta sensación de extrañeza hacia uno y hacia el resto, hacia aquellos momentos de infante. ¿O acaso nadie no está pasando por la sensación de extrañar, de sentir nostalgia?

Quizás la planta y sus flores sean una excusa para mirarnos y recordar de no quedarnos más con las ganas de decir. Porque ya lo dice la palabra “nostalgia”, que esconde en su significado el de “regreso” y “dolor”. Y aunque duela pensarlo, hay cosas que no van a volver, salvo mi planta, que volvió a florecer para permitirme escribir que esta vez, más que frutos, me dio la posibilidad de ir una vez más al jardín de mi abuela.

Las dos fotos son actuales. 
Esperemos que cada año me siga llevando al jardín de la abuela.